EL 27 VENDIMIARIO DE FELIPE GONZÁLEZ (Historia de una traición)
(Prólogo de un libro inédito que fue rechazado en la mañana del 23 de febrero de 1981 por el editor que lo había encargado)
El "milagro" del cambio de freno y de bocado
Fíjate, lector, en que este "milagroso" tránsito español encierra un secreto cuidadosamente ocultado, complicado y enrevesado, pero que se revela a un ojo atento resumido de forma estremecedoramente sencilla en un puñado de hechos. Los pueblos del Estado español eramos antes de ese tránsito como un viejo caballo martirizado por el exceso de trabajo, con la boca destrozada por un freno y un bocado viejos y desgastados por haberlos usado continua y brutalmente para dominar y doblegar a la pobre bestia. Y nos dicen ahora que han dado la libertad al caballo. Pero lo único que de verdad han hecho es cambiar el freno y el bocado. Por otros distintos, sí. Nuevos. "Democráticos". Más eficaces. Pero que siguen siendo eso: un freno y un bocado.
Y no lo han hecho por bondad, ni por caridad, ni por piedad, ni por amor o respeto a los derechos del caballo. Lo han hecho sencillamente porque aquellos frenos y bocados viejos ya no funcionaban. Lo han hecho porque les convenía.
A ellos. Y porque no tenían mas remedio.
¿Necesito decirte lo que eran ese freno y ese bocado? El régimen franquista, claro. Que servía para facilitar la superexplotación de la fuerza de trabajo y, a través de ella, acumular capital. Porque, mira, es verdad que hubo una voz un "milagro económico español". Durante los años de la década de los sesenta España cambió. Dejó de ser una sociedad agraria para convertirse en una formación social industrial y de servicios.
Durante los años sesenta sopló sobre las viejas tierras ibéricas un viento de cambio económico y social con fuerza de huracán. Una de las trágicas incapacidades del PSOE del exilio fue la que le impidió conocer y entender ese viento de cambio. Un viento a cuyo paso se derrumbaron cosas y casas viejas de siglos. Un viento que empujó a millones de hombres y mujeres a una terrible marcha de cientos y a veces miles de kilómetros por los ásperos, áridos y duros senderos de la emigración. Quedaron yermas tierras labradas antaño, vacíos los pueblos, mudas y solitarias las campanas de las viejas iglesias. Reventaron los trigales de los suburbios de las capitales con decenas de millares de monstruosas amapolas: las chabolas. Se alzaron en los cielos los dedos duros de cientos de nuevas chimeneas que escupieron los humos hediondos y contaminados de las fábricas nuevas y como obscenos falos mancharon las nubes antes blancas con un mensaje: "Aquí ha llegado la Revolución Industrial". Costumbres viejas decayeron, trajes y gestos nuevos surgieron. Distintas fueron las canciones y los besos, la moral añeja cedió a los deseos nuevos. Cambiaron en las casas las cosas y las camas. Y el uso de las camas, y las cosas. Crecieron las fábricas por millares. Y las máquinas por millones.
Y el capital creció. Creció. Y creció. Se acumuló y se reprodujo. Porque todo eso se hizo exprimiendo, explotando y estrujando a los obreros. Moliendo fuerza de trabajo para sacar la harina de la plusvalía y amasar el pan del Capital.
Cambió España, sí. Y se hizo industrial. Y se acumuló el Capital alimentado por la fuerza de trabajo expropiada. El "milagro" fue como y cuanto se pudo explotar a los obreros.
Gracias al freno y al bocado. Gracias al régimen franquista.
Gracias a un régimen basado en un ESTADO fuerte y autoritario cuya columna vertebral eran sus aparatos armados su ejército y sus policías y guardias civiles, doblados por los aparatos administrativos con ellos coordinados. Un régimen definido por mantener un sistema de dominación bien engarzado y articulado en el que los aparatos armados y sus prolongaciones de cárceles, jueces y fiscales autoritariamente usados se combinaban con unos aparatos ideológicos (Prensa y Radio, sindicatos, escuelas, Iglesia, Televisión y asociaciones) encaminados a sembrar en la lente la ideología de no tener ideología ("ni de derechas ni de izquierdas") y con unas instituciones políticas funcionando como coro para decir amén a un Gobierno que sólo decía amén al "caudillo". Un régimen obsesionado por mantener a toda costa (a costa de tiros, sangre, tortura, cárcel, represión y muerte) doblegadas a las viejas naciones (Cataluña, Euskadi, Galicia) para que la sagrada "unidad de los hombres y las tierras de España" mantuviera la fijeza de los limites de su mercado. Un régimen coronado por un "caudillo" bonapartista que solo daba cuentas a Dios y a la Historia de como controlaba las cúpulas de los aparatos de Estado y del sistema de dominación.
Ese era el freno y el bocado.
Lo fundamental es entender que la razón profunda de la existencia de ese régimen era que facilitaba la super-explotación de la clase obrera y del bloque de clases dominadas en general. Gracias a él, durante sus primeros años, los del "fascismo agrario", se implantó y mantuvo el sistema represivo de mano de obra agrícola en el que los obreros, privados del derecho de organizarse libremente en sindicatos, carentes del derecho de huelga no tenían ninguna seguridad de encontrar trabajo ni siquiera como eventuales con un mínimo de durabilidad. La acumulación del capital realizada por los latifundistas agrarios se basó en la violencia física usada como venganza por haberse atrevido a "violar el sagrado derecho de propiedad" y usada como medio para sostener los "jornales de hambre". Los jornales en términos reales bajaron casi la mitad durante los años cuarenta. Los jornales y salarios miserables de los "años del hambre" fueron la continuación de la guerra, de la "Cruzada" contra las clases dominadas, hecha con otros medios. Siguieron también durante esos años disparando contra los obreros los fusiles y las ametralladoras y las pistolas. Y los obreros morían en un instante. Pero cuando estaban calladas las bocas de las armas tomaban el turno los salarios miserables, los jornales de hambre. Y los obreros, en vez de morir de una vez, en un momento, morían lentamente, poco a poco, desangrándose día a día en una vida limitada y empobrecida, envejeciendo deprisa, dejándose años de vida en jornadas salvajes de trabajo mal pagado.
La superexplotación de la clase obrera fue la palanca con la que el régimen hizo la Revolución Industrial durante los años sesenta. El viaje por el tiempo fue inventado por el régimen franquista que metió en el túnel del tiempo a toda la formación social española haciéndola retroceder a los tiempos en que los ingleses hicieron la primera Revolución Industrial. A los tiempos sin sindicatos, ni derecho de huelga. A los tiempos de las jornadas de larga, larga, larga duración. A los tiempos en los que la cortedad del salario obliga a dejarse la piel haciendo horas extraordinarias para poder malvivir, para poder sobrevivir aunque sea en precario. La indefensión de la clase obrera y la superexplotación que sufría se expresaron brutalmente en otra modalidad de la guerra que continuaban haciéndole el bloque de clases dominante. Una guerra continua en las fábricas y los tajos, en las eras y en el mar. Cada mañana, cuando los obreros y empleados, los jornaleros del campo, los pescadores y campesinos, echaban a andar hacia su lugar de trabajo, iban a la guerra. Una guerra en la que tenían todas las de perder. Una guerra en la que disparaban contra ellos con las máquinas y los andamios. En la que los obuses y las balas estaban sustituidos por los tornos y las cadenas de producción. Y en la que, lo mismo que en la guerra de las balas, cada día había bajas. Cada día había muertos, había heridos, había mutilados, La insaciable avidez de beneficios de los capitalistas les empujaba a disminuir como fuera los costos de producción y una forma de conseguirlo era gastarse poco o nada de dinero en medidas de seguridad e higiene en el trabajo. La frecuencia y gravedad de los accidentes de trabajo constituyeron una sangrienta página, una tragedia cotidiana cuyos versos bárbaros se escribían a brochazos de sangre obrera. Año a año, incluso las estadísticas manipuladas y embusteras de la oligarquía sumaban millón a millón los accidentes de trabajo. Mas de un millón de accidentes de trabajo al año. Las cifras de muertos y mutilados permanentes eran cifras de guerra. Morían cada año o eran mutilados más españoles de los que morían o eran mutilados en el año cuarenta, durante los ocho siglos de Reconquista contra los moros o durante la conquista de América. Cuando empezaba un año a cada grupo de doce obreros le repartían doce papeletas. Una de ellas tenía un infalible y sangriento premio. Al que le tocaba le correspondía un accidente de trabajo.
El régimen franquista fue quien a través de su sistema de dominación sujetó a las clases dominadas para que se sometieran a la superexplotación. Pero a finales de los años sesenta, al filo de la nueva década de los setenta, el sistema falló. El freno y el bocado estaban ya gastados y habían dejado de ser eficaces.
Cuando las campanas doblaron a muerto por el régimen franquista